
Por fin, el monito ratero que se llama Fulgencio me lo explicó todo: ¡Quería un osito amarillo de gomita!
Por pura casualidad, se encontró la libreta de Remedios entre las sábanas de mi cama. Mientras la hojeaba leyó: -"Justo aquí va un cacho de envoltura de ositos"- en eso, escuchó el ladrido de Beto y salió corriendo. Se llevó la libreta pensando que en alguna página encontraría un osito amarillo de gomita. No fue así. El espacio estaba vacío. Preocupado por su robo involuntario, Fulgencio decidió regresarme a Remedios. Caminó y caminó (también descansó) por el bosque hechizado de los Muhuhu. Vio un rinocefante amarillo y a la bruja Burbuja; quien tiene en gran parte, la culpa de la tardanza de Fulgencio; pues resulta que mientras preparaba una burbujeante poción, ¡no! más bien un burbujeante brebaje de té verde y moras moradas; escuchó un fuerte ruido provocado por un caracol. Creo que se llamaba Benito, Fulgencio me dijo, pero no recuerdo bien. El caso es que Benito, como era muy baboso, dejó la superficie del piso por donde se desplazaba llena de un fluido muy resbaloso; entonces el rinocefante amarillo que se columpiaba junto con veintitrés elefantes en la tela de una araña, cansado de tanto columpiarse, se bajó de la tela y comenzó a caminar justo por el mismo lugar por donde antes había pasado Benito. No había dado más de siete pasos cuando resbaló con la sustancia babosa causando un estruendoso sonido que hizo salir a la bruja Burbuja, quién asustada intentó ayudar al rinocefante. Sus esfuerzos fueron inútiles. Preocupada, buscó a su alrededor alguien que pudiera ayudar y entonces vio a Fulgencio. Después de cinco horas y cuarenta y cuatro minutos (con un descanso de media hora para tomar té verde con moras moradas) por fin lograron ayudar al rinocefante y Fulgencio pudo seguir su camino.
¡No!, resulta que Benito ni siquiera se enteró de todo lo que ocasionó: ni del retraso de fulgencio; el accidente del rinocefante, ni la angustia de Burbuja, la bruja; ni tampoco de las horas, muchas horas, de ansiedad que yo pasé sin Remedios.
Al final, luego de un largo viajesote, Fulgencio regresó a mi libreta. No quería que yo lo viera, pero Beto lo delató. Bajo amenaza de ser devorado por tan terrible y feroz bestia, tuvo que confesar su crimen y relatarme los hechos. Después de escuchar atentamente su relato, no pude más que perdonarlo. El pobrecillo sólo quería un osito de gomita amarillo.
Como estoy en búsqueda de finales felices, tengo que decir que Fulgencio obtuvo su osito. Yo compré una bolsa de ositos de gomita y todos los amarillos fueron para él. Todos menos uno. En su honor, ese osito amarillo de gomita, forma parte de la libreta de Remedios.
Fulgencio regresó feliz a su hogar acompañado de su pequeño grupo de osos amarillos; la bruja Burbuja, siguió tomando brebajes (al parecer diuréticos, pues tuvo que ir a hacer pipí cada seis minutos y doce segundos); el rinocefante amarillo se puso verde del coraje al saber que Benito (que en realidad no se llamaba Benito) había sido el causante de su desgraciado accidente; ¿y yo? yo soy feliz, por lo menos en éste momento: ¡Remedios regresó!
notas:
Beto es un perro Gran Danés, color miel, que me acompaña en mis aventuras diarias. Esto es una mentira parcial. Beto sí es un perro color miel, también me acompaña en mis aventuras diarias (a veces, casi siempre, dormido) pero a pesar de lo que él piensa, no es un Gran Danés. En realidad es un chihuahueño. Favor de guardar el secreto.
Sigo sin acordarme del nombre del caracol. Si veo a Fulgencio otra vez, le pregunto. Mientras seguiré llamándolo Benito.
El resto de los ositos los dividimos entre Beto y yo. ¡Todos fueron felizmente devorados!

